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Este es mi mundo....

"Yo soy la mano bajo la falda de la Mona Lisa; soy una sorpresa; no me ven venir, soy un gato en las tinieblas..."
April 01

cita

 
 
   Una de las citas más importantes, por el hecho de salvarme la vida cuando estaba perdido en la inmensidad que es la soledad:
 

así que

decidí dejarme llevar

y entendí

que la vida

te pone a la gente siempre

por una razón

tiene que enseñarte algo

y te lo quita cuando ya no sirve

cuando ya aprendiste

por que no son para ti

por mucho que duela...

 

GRacias, querido John. Siempre te voy a agradecer por ella y animarme a seguir vivo.

01 de abril, 2009.

February 27

Ne me quitte pas, solitude...

 

 

XIII. Ne me quitte pas, solitude... 

 

 

Sucede que a veces uno despierta enrredado en los brazos de un amante desconocido, apresado entre las sábanas olorosas y las almohadas húmedas de una habitación a oscuras; asfixiado en una perpetua nube de perfume y semen. No se sabe cómo es que llegó al punto en que se inició la rutina de los viernes, justo a las 3 de la tarde, cuando uno se haya entre esos brazos grandes y peludos, y desconoce también el cómo de aquél hombre pesado repasándole los labios con la lengua, dibujando círculos infinitos con el dedo ensalivado en su espalda y sobre su vientre,  ya sea lamiéndole el lóbulo de la oreja derecha, o bien haciéndole el beso negro. El hombre es un erizo que devora con su pequeña boca rosa el cuello largo de cisne de su presa, y le muerde salvajemente las axilas y la nuca, como un felino reclamando su gorrión desmayado que recién ha muerto entre sus fauces.

Sucede que a veces uno se despierta en una cama ajena que no es otra cama sino la propia, pero que por ser compartida con otros amantes se vuelve impura, extraña, diferente. Las sábanas se impregnan entonces de olores y sudores de otros cuerpos, y la alfombra no es sino un campo sembrado de manchas invisibles que brillan en las tinieblas sólo con luz ultravioleta. 

Sucede que a veces uno coge no por amor, sino por soledad, aburrimiento y desesperanza.

 

Rigatito Némesis, 27 febrero de 2009.

January 27

Mito de Sísifo...

 

 

 

 

XII. Sobrevivir al espanto de esta vida, amigo…

 

 

1 p.m, 27 enero 2009.

 

En este momento estoy charlando con J. por el msn. Me dice, después de dos largas semanas de ausencia, que ayer trató de suicidarse cortándose las muñecas. Ya no quería entrar más al msn para evitar cualquier contacto con mi ex, para no saber nada más de él, me dice. ¿Estás bien?, le pregunto, y me responde que las muñecas aún le sangran, que de hecho no le duelen, pero que no se ha curado la herida para que en su casa no se den cuenta. Dice que sólo duele la herida cuando se acuerda más del dolor del espíritu que del dolor de la carne… ¿Qué se siente?, le pregunto, morboso, y me responde que ni siquiera siente dolor; que es como estar dopado. Ya abrí los ojos, papá, añade; de hecho no me duele…; pero me valió…

Quisiera en ese momento poder decirle que lo quiero a mi manera, que me importa y que tiene todo mi apoyo, pero no soy yo quién para retenerlo en este mundo si él no quiere, si a él no se le da la gana, si él no se da cuenta a través de sus ojos. Yo no quisiera perderte, le digo, ojala me hubieras dado la oportunidad de conocerte en persona, de invitarte a salir a algún lado, de poder ponerle juntos en tantos lugares secretos, de quererte un poquito. Déjame abrirte el pecho como un costal y sacar de dentro tus ojos para que veas que hay gente que te quiere, que le importas, que le gustas…

Si eso es lo que quieres, quién soy yo para privarte de ese derecho, le digo. Yo te apoyo. Te entiendo porque también he sido débil, sin fuerzas para levantarme del colchón, pero siempre, de alguna u otra forma, aparece algo que me hace atarme a algo como un yunque, a sobrevivir al espanto de esta vida…

Me caga ser tan débil, me dice, cómo quisiera ser un cabrón de esos que les vale madre todo!

Ay, Sísifo, si supieras cuánto me importas y cuánto vales. Ojala pudieras ver la vida desde otro enfoque a través de mis ojos, le digo, pero sólo responde que le duele lo que hace, que espera que algún día nos conozcamos. J., eres la palomilla blanca, como en el Mito de Sísifo de Albert Camus, que en busca del amor se avienta en picada y choca una y otra vez contra el foco…

Pobre amigo mío, nada puedo hacer sino escucharte.

 

 Rigatito Némesis, 2009.

 

 

January 13

Reflexión...

 

XI. Reflexión después de ver porno…

 

 

Hay hombres que a menudo son hermosas bestias disfrazadas de hombres. Sus cuerpos fuertes, de piernas membrudas y espaldas anchas, claman ser tomados por la fuerza. Existe una increíble fuerza erótica brotando en cada pliego de la piel y en cada vello que a menudo crece como pasto verde sobre todo el cuerpo. Sus pubis planos, tupidos y olorosos invitan a probar la materia del que están hechos y encontrar al delicioso gusano que se esconde en el corazón de la manzana. Los glúteos carnosos no son sino dos jugosas naranjas esperando ser devoradas gajo por gajo, y las tetillas simplemente dos tiernas fresillas rosadas esperando ser olisqueadas con la punta de la lengua. Los rincones de un hombre son en extremo deliciosos; hay rincones agridulces, como el de la axila, que huelen a vainilla y a sal. En cambio, hay otros más aromáticos, como el de la entrepierna, que huelen a azafrán, a canela y a sexo, todo en un coctel de feromonas. Adoro probar el esfínter rosáceo que se esconde a menudo como un temeroso marisco entre los glúteos, como una pequeña boca que se abre contra voluntad de su dueño y emana un delicado bálsamo. Su sabor es fuerte y afrodisíaco al paladar, como el de la tierra mojada. Los testículos de un hombre son dos salamandras rojas que se aflojan y estiran desmayadas en tiempo de calor; su textura es suave y dulce, como el de la mantequilla tibia que juntos contienen. El cuerpo de un hombre es, sin duda, el cuerpo de un toro: la  fuerza animal que aflora desde dentro es lo que le da ese enorme atractivo masculino y lo que incita al deseo, abre las pupilas, abre el apetito…

Se me ha dicho que el sabor de una mujer excitada es igual de irresistible que el de un hombre, y que sus rincones ofrecen por igual un sin número de opciones al paladar humano. ¿Será? Tendré que comprobarlo personalmente algún día. En la naturalezay en todo el reino animal, los machos son los ejemplares con mejores colores, plumas, melenas, escamas, ornamentos…

 

  Rigatito Némesis, 2009.

 

 

December 19

Hay Días...

 

X. Hay días…

 

Hay días en que quisiera no despertar más de mi letargo y perderme en el sueño profundo para siempre. Hay días en que quisiera clavarme los dedos como cuchillos y simplemente arrancarme los ojos y guardarlos en el bolsillo derecho del pantalón, apretarlos entre el puño y la cadera con fuerza, deshacerlos de un trancazo, y volverlos polvo. Hay días en que mi garganta se vuelve un nudo enorme y las anginas pesan y  duelen como clavos fríos que atraviesan hasta la lengua y los pequeños tímpanos. Hay días en que los ojos también se me vuelven inmensos mares, y ríos púrpura de colirio y sal son vomitados a través de mis párpados hinchados. Hay días en que quiero saltar de la ventana en el tercer piso y desplegar las alas de pájaro justo antes de tocar el suelo. Hay días en que la tristeza no es sino una constante latosa en mi vida que me vuelve un ser achacoso y amargado, y también hay días en que un día soleado a mis ojos pareciera una tormenta y mis muñecas dos suaves naranjas esperando ser rebanadas. Hay días, sí, es cierto, hay días (pero no siempre), en que la tristeza me vuelve un huevo hinchado que apenas si respira, embotado en la cama. Hoy es uno de esos días.

 

Rigatito Némesis, 2008.

 

October 21

October 21st. 2008

 
October, 21st. 2008.
 
 
Urgently: I need to feel blue butterflies flying about in my belly
like the very first time...
Who says "me"? Who will raise his hand among the huge crowd?
I urgently need your sex in my mouth,
to run into myself choked on such plenty of love...
your hips contained in my eyes,
your long arms around me like heavy weeds
tied tightly all around my neck.
I urgently need a weed-killer to come and wake me up
one of these days....
 
 
Rigatito némesis, 2008.
 
October 07

Diario de una Ninfómana

 

IX. Diario de una Ninfómana (parte 2)

 

 

 

De entre las muchas maneras de hacer el amor, hacer el amor en la nieve es una de las que menos me agrada. El cuerpo y el sexo se entumecen, y la libido ni se diga. Hacer el amor en la arena es peor; la arena se esconde en recovecos insospechados, y por mucho que uno se bañe al salir de la playa, la arena tarde o temprano, inevitablemente, emergerá de algún lado. La arena raspa, tanto o más que el agua. Fantasía de muchos, hacerlo en la alberca jamás ha sido mi preferida. Con la fricción del agua, el sexo se vuelve áspero y también raspa. Mis lugares preferidos para hacer el amor son: el bosque, el pasto, sobre una alfombra, sobre la mesa de la cocina, en el sofá, en una cama prestada (como la de algún amigo), en una casa desconocida sobre unas sábanas igual de ajenas, el río, el patio de servicio, el baño de una casa extraña y mi cama por excelencia.

E. alguna vez fue una Blanca Nieves de labios rojos haciendo el amor sobre el toldo de un auto cubierto de nieve, en Chicago. Cuenta que alguna vez conoció a un hombre de buen cuerpo en sus vacaciones que le atrajo inmediatamente y decidió proponerle al hombre que salieran esa misma noche. Pero el hombre éste, a cambio, le pidió incluir a un amigo en su cita que era narco o algo de la mafia. Así que ya los tres medio ebrios y excitados por el trío, saliendo de un bar decidieron dar rienda suelta a su fantasía en una calle fría de Chicago. E. no recuerda muchos detalles de su hazaña, pero sí recuerda haberse sentido deseada, excitada y poderosa como una diosa aquella noche y haber sido poseída por ambos hombres sobre el toldo completamente cubierto de nieve.

Yo prefiero las sábanas al hielo. Mi cama es a veces un mar que se aquieta entre sus olas blancas de algodón y otras muchas intranquilo como la pradera, es el lugar donde me vuelvo más vulnerable y donde broto de un cuerpo extraño en las noches para convertirme en aquél quien realmente soy. Soy el escarabajo de Kafka.

 

Rigatito Némesis, 2008.

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url de la imagen: http://www.rafaeledwards.com

September 30

Recordando a Fobiasberto...

 

 

VIII. Recordando a Fobiasberto

 

 

 

I.

 

Primero fue la aracnofobia. Con sus largas patas negras y peludas, y con sus colmillos puntiagudos, caminaba la araña despacio sobre mi pecho. Tendría 4 años. Yo jugaba en medio de un campo de girasoles gigantes cazando mariposas en la casa de una tía y de repente quedé enredado en la telaraña. Una araña verde con una bola negra por joroba brincó a mi pelo y corrió presurosa a esconderse bajo mi camisa. Su pequeña y dolorosa mordida me dejó ámpulas alrededor del torso y en el brazo, y dos semanas de infinita comezón. Desde entonces temo horrores a los arácnidos. Mis peores pesadillas han sido con ellos (arañas gigantes que me aplastan; miles de arañas que se trepan a mi hombro queriendo morderme; arañas que entran como en un torrente a mi boca, etc.), además de aquellas en que leones furiosos me persiguen incansablemente por las calles hasta atraparme; y si alguien dice “a-ra-ñña…”, la piel se me eriza y me brincan entonces los escalofríos detrás de la nuca como arañas ponzoñosas. Aún miro debajo de la cama y la almohada antes de acostarme para cerciorarme de que ninguna de ellas perturbe mi sueño.

 

II.

 

Despúes fue la agorafobia. La agorafobia comenzó un día estando en plena plancha del zócalo. No sabría cómo describirlo, pero lo más cercano a tener agorafobia es cuando sientes que te falta el aire, un sudor frío empapándote el cuerpo, un miedo paralizante y entonces un vértigo tremendo te azota las piernas como un fuerte ventarrón, y caes al suelo. Así vivía yo aquellos años de mi adolescencia, entre los 16 y los 19 años: enclaustrado en mi cuarto, escribiendo en la computadora, comiendo sopa Carnation recién calentada en microondas y viendo televisión. Cualquier espacio abierto representaba para mí el más horrible de los miedos que podría tener por ese entonces. Era desmayarse en la calle; tener diarrea. Ser agorafóbico gran parte de mi vida aquellos años me impidió salir siquiera a la esquina de la casa por algún mandado o ir a alguna fiesta. “Tengo mucha tarea”, “no me siento bien” o “no se me antoja ir a la fiesta…” eran las excusas perfectas para ocultar mi miedo. Sin embargo, ésa fue la etapa de mi vida en que más cree cosas y cuando más pinté. Quizá estar encerrado trajo consigo algo bueno después de todo. Aún guardo cajas y cajas de escritos de aquél entonces que todavía no termino de revisar y el libro que le escribí al Engendro y que también pertenece a la misma época.

Aún me tambaleo un poco al caminar por una larga avenida sin nada a mi alrededor.

 

III.

 

El miedo a comer es el miedo a la vida; es el miedo a esta vida absurda llena de estereotipos y cánones que nos limitan. Miedo a ser imperfecto. Miedo a ser rechazado. Miedo a no ser “atractivo” para los demás; es supervivencia. En casa, mi miedo por la comida empezó un día cuando, sentados a la mesa, mi madre dijo “estás gordo, eres un puerco; tienes que bajar de peso”, y desde ese momento mi nombre dejó de ser “R.” para simplemente ser “El Gordo”. Tuve alguna novia que me rechazó entonces por serlo, y pasé toda mi secundaria escondiéndome, conformándome con ser el mejor amigo bonachón de todos y cada uno de mis compañeros, atrapado entre constantes ataques de bulimia y anorexia. En Prepa la cosa fue diferente. Bajé de 75 a 55 kilos en unos cuantos meses, y cuando volví a reunirme con mis antiguos compañeros de la secundaria, muchos de ellos ni siquiera me reconocían. Me había transformado por completo. Era como haber resurgido de una crisálida después de mucho, mucho tiempo de estar atrapado y tener un cuerpo nuevo, ser una persona distinta y haber adquirido otra identidad y otra vida. Hace ya tiempo que le perdí el rastro a esa nueva persona que alguna vez fui. Ahora he vuelto a entrar a la crisálida y de vez en cuando recaigo en la bulimia, y no sé cuándo vuelva de nuevo a emerger de ella…

 

IV. 

 

Rompía las llaves del baño y del fregadero una y otra vez; mi madre se enfurecía a cada rato conmigo. Era como una constante en mi vida: o enchuecaba las llaves de tanto girarlas en el cerrojo de la puerta, al cerrarla, o rompía las perillas de la estufa o zafaba los grifos de la regadera por miedo a dejarlos abiertos. Era como el Rey Midas, pero en lugar de volver los objetos en oro, los volvía trizas. Tenía miedo de que la mínima gota de agua escapara de los grifos y de que el gas de la estufa pudiera quedar abierto y envenenarnos mientras dormíamos. Alguna vez el psicólogo de la escuela catalogó esta fobia como una manía, y tras un estudio minucioso de unas semanas en su consultorio, acertó al decir que jamás me curaría de dicho mal. Desde ese entonces, ya no he vuelto a romper ninguna llave más en casa, pero si resulta increíble el tiempo que suelo invertir en algunas simples tareas domésticas: 1) cerrar la llave del boiler (10 min.); 2) cerrar la puerta por las noches (7 min.); 3) cerrar la regadera (10 min.); 4) cerrar la puerta del carro (una y otra vez hasta que selle) y 5) cerrar la puerta del refrigerador… ufff! Ésta es la más difícil: puedo estar horas y horas empujando la puerta con la cadera hasta que estoy seguro que está por fin cerrada, y durante el día pasar frente a éste y checar una y otra vez que no se haya abierto.  

 

Rigatito Némesis, 2008.

 

 

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September 25

Sucubo´s Blues...

 

 

VII. Súcubo in Blues...

 

 

 

A lo largo de los años, muchas personas me han dado algo de ellos que me ha marcado de por vida. He aprendido a ser una suerte de súcubo bastante sensato que absorbe características y dones de cada uno de ellos. Marisol, por ejemplo, una pequeña musa de cabello como espuma marina y grandes ojos melancólicos, y una de mis mejores amigas, me dio el don de la pintura. Me regaló aquél portafolio de madera que se transformaba en un pequeño caballete a capricho mío y el cual me permitió transportar todos mis materiales con una facilidad sorprendente a donde yo quise. Pinté a mis ex parejas, a gente extraña, a mis amigos, a sus formas y a sus sexos. Con ello, Marisol disparó mi creatividad inimaginablemente hasta los cielos y pude entonces pintar un día “El Sueño de Mambrú” donde retrataba a mi ex desnudo con esas hermosas ancas de tritón, durmiendo tranquilo sobre un centenar de olas turquesa. Necia enamorada de la soledad y un tanto enemiga del amor (más por las circunstancias que por decisión propia), Marisol ha sido siempre la figura que me ha inspirado con su talento a escribir máximas filosóficas y a no depender de nadie.

Nidia me dio el don de la paciencia. Terca e insegura hasta los huesos, y una vez que descubrió mi nuevo talento como tarotista y oráculo de los sueños, ya no dejó más su vida a la suerte. Siempre quería saber cuándo, dónde y por qué es que las cosas le sucedían a través de la lectura de cartas. Fueron varias las veces en que incluso sostuvimos algunas sesiones de tarot, tendidos en el césped de la alameda y entre docenas de árboles, y muchas más las veces en que, insistente y bastante preocupada, llamaba a media noche por el teléfono pidiendo el consejo de las cartas.

De J. C. adquirí el don del buen amigo comedido. Aprendí de él que a veces un amigo tiene que hacer hasta lo imposible por el otro, aún si ello implicara un pequeño “sacrificio”. A cambio, yo le di el don del beso. Dejé que me tocara con sus manos blancas y delicadas, y dejé que explorara cada superficie con su lengua inexperta, cada textura, y que oliera cada rincón de mi cuerpo. Y dejé también que probara el sabor de unos labios que, a diferencia de los suyos, no eran nuevos. J.C. aprendía lento por aquél entonces, por lo que después de cada clase corríamos a escondernos en los baños de la torre de Rectoría a repasar una y otra vez lo ya aprendido. Con el tiempo, J.C. y yo le fuimos perdiendo el gusto al monótono beso, y entonces decidimos llevar las clases a la práctica, en la cama. Pero no funcionó. Un día, al vernos completamente desnudos, J.C. empezó a temblar con un nerviosismo tremendo por alguna razón desconocida, y decidimos mejor olvidarlo. No le insistí; estaba claro que ya no necesitaría más de aquel don que tanto habíamos ensayado. Ahora necesitaría alguien que pudiera regalarle por fin y para siempre el don del primer amor.   

De Eduardo (el engendro), adquirí prematuramente el don de odiar. Odié a todo y a todos con una enorme furia contenida dentro del pecho. La enfermedad es una aguja en la garganta. Te deseo que donde quiera que estés, alguien pueda regalarte el don del amor, amigo, pues es la mejor cura para el odio que te consume desde hace años por dentro. Te deseo, además, que encuentres el don del perdón, de la sabiduría, de la comprensión y de la “no-soledad” en tu camino por si acaso…

De Olguis he aprendido muchas cosas valiosas, pero quizá la más importante para mí fue aquella cuando, borracho y triste, me brindó el don del consuelo: aprendí a llorar sobre su hombro por el amor recién perdido, y he aprendido a reflejarme con el tiempo en el espejo transparente de sus ojos. Entre sus brazos delgados, sé que existe un refugio para mi alma incomprendida. Todo es cuestión de desenmarañar el laberinto que la encierra y encontrar la puerta que la limita. Algún día, ella podrá escapar del minotauro que la mantiene escondida en una cajita.

César, en cambio, me dio dos dones: el don de la compasión y de la verdad. De alma limpia y hasta cierto punto sensiblero, C. me acompañó como una sombra durante casi todo mi paso por la facultad, y muy pocas fueron las veces que caminé solo en aquellos pasillos de la escuela. Pasábamos las tardes bajo los arces charlando una y otra vez sobre el tremendo dolor de cabeza que era su novio, de cómo lo había engañado una y mil veces con tipos desconocidos que se topaba en la calle, de cómo C. pasaba las noches enteras en vela pensando en formas románticas para el suicidio y de cómo podría vengarse de E. de nuevo, y fue entonces cuando comprendí que el amor era eso: simplemente un largo y repetitivo dolor de cabeza. Quizás como un salvavidas al que uno, tarde o temprano, se aferra por miedo a caer en ese océano azul e inmenso que es la soledad. A menudo, uno cierra los ojos y se avienta de frente al vacío… Somos muchos los que, cobardes, al fin y al cabo, negamos nuestros instintos. Somos súcubos “in blues” buscando algo que le de cierto sentido a nuestra vida.

Steve, pequeño mío, me has dado indudablemente el mejor de los dones: el don de existir y darle una razón a mi vida. Te amo.

 

Rigatito Némesis, 2008.

 

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September 22

La estrella de Cuatro picos...

 

 

VI. Cuernavaca's Star...

 

 

 

Nadie la vio. Pasamos todo el día metidos en el agua haciendo bucitos, ensayando brazadas, nado de pecho, nadando como ranas torpes en una pequeña pileta desde la una de la tarde hasta las 6 p.m.  Era lunes 15 se septiembre. Comimos, bebimos y volvimos a comer en exceso y a dormir en exceso una y otra vez, en un viaje cuyo propósito se suponía sería el de salir y pasear todas las noches, conocer la ciudad, vagar, y para el cual habíamos alquilado la casa únicamente como refugio de nuestro sueño. Gastamos nuestro día entero tragando agua clorada en medio de matorrales y tomando cócteles de vodka con melón picado y Bloody Maries. No era lo que habíamos planeado, por supuesto, pero en algún punto de aquellas vacaciones, todo mejoró. Un día antes y después de la inundación que paralizó por completo a la ciudad, y para la cual nos refugiamos como ratones despavoridos bajo una gasolinera, decidimos buscar un bar. Esa noche trascurrió suave, lenta, y de repente S. sugirió que buscáramos un antro (gay de preferencia). Yo estaba enojado con S. por su carácter explosivo y no nos hablamos gran parte de la noche. Más tarde, encontramos un lugar con poca gente, y ya con el alcohol diluyéndonos la sangre, seguimos bebiendo y bebiendo y terminamos bailando toda la noche apenas entre un puñado de personas. Regresamos a la casa en plena madrugada y por alguna razón S. estalló en un berrinche (cosa común en él), bajó de la camioneta y echó a correr bajo la lluvia, y hubo que perseguirlo por las callecitas sinuosas de Cuernavaca hasta alcanzarlo.

Pero aquél lunes 15, hubo algo que jamás podré borrar de mi memoria. Después de la interminable sesión fotográfica de todos nosotros como focas brincando en la piscina, a H. se le ocurrió la brillante idea de tomarle una foto a nuestras manos formando una estrella de cuatro picos con los dedos; únicamente los hombres del grupo. Todos dijeron que era “cursi”, que para qué diablos tomarle foto a eso. Yo pensé que era original y que llegando le pediría una copia a K.

El último día del puente, a punto de desalojar la casa y volviendo a hacer las maletas, estaba yo en el baño y sin querer miré la pared de junto al lavabo: la misma estrella de cuatro picos a la que le habíamos tomado foto en la piscina. Tal vez yo sea un tanto pesimista al pensar que fue una enorme coincidencia que dicha figura apareciera sin querer pintada en los mosaicos de aquel baño, o quizás sólo fue imaginación mía. Pero cuento esta anécdota simple sólo con el afán de que no se borre de mi memoria como siempre pasa, y poder recordar en un futuro una de las mejores vacaciones que he tenido hasta ahora. Es cierto que he hecho cosas mejores y que he ido a lugares mil veces mejores, pero el poder disfrutar esos cuatro días con mis mejores amigos echado en la sala y viendo películas, no tiene comparación alguna.

Cada que miro la foto de la estrella, recuerdo a K., S., O., H. y G., y a aquellas vacaciones, y entonces sueño con poder compartir más momentos simples como ésos antes de que el tiempo nos carcoma y antes de que los hijos lleguen y entonces ya no haya pedas como las de ahora. Antes de que la hipoteca de la casa tenga que ser pagada y antes, pero mucho antes, de que nuestros caminos, inevitablemente, se separen…

 

Gracias por ser mis amigos, los quiero mucho. J

 

 

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Rigatito Némesis, 2008.

 

September 19

Bloody Side

 

 

 

V. “Bloody Side”

 

 

 

Angie y yo compartíamos un lazo psíquico, algo así como un vínculo telepático e infalible que nos decía dónde, cómo y cuándo es que le sucedían cosas al otro. Éramos casi como gemelos dotados de un extraordinario “sexto sentido” que nos revelaba cosas que a veces el otro omitía ya fuera por temor, miedo o vergüenza; qué se yo. El día que mi mejor amiga hacía el amor con un tipo al otro lado de la ciudad y se retorcía de placer en los brazos del hombre X, yo podía sentir aquél mismo orgasmo calentito brotando desde mis entrañas y haciendo vibrar mi cuerpo por completo. Aquel día en que ella se abandonó completa a ese hombre tan anhelado desde hacía tanto tiempo, pude sentir cómo aquel mismo hombre que le hacía el amor a mi mejor amiga en aquella cama, entre aquellas sábanas, también me lo hacía a mí, a la misma hora, a kilómetros y kilómetros de distancia…

 

Un tacón roto fue el motivo que desencadenó nuestro encuentro. Por alguna razón ridícula e incierta del destino, uno de sus tacones se rompió mientras esperábamos nuestro turno en la fila de una caja, y sin pensarlo tuve que sacarme de repente el chicle de la boca para pegar los dos extremos del zapato. Un año después, quién lo dijera, ya éramos los mejores amigos del mundo.

Juntos recorrimos los lugares más extraños y más desconocidos del centro histórico, sus museos zigzagueantes y sus galerías, sus callejones escondidos y húmedos, sus tiendas raras, sus mercados añejos y vivimos infinidad de experiencias que nos dejaron marcados de por vida. Vivimos, por ejemplo, aquél temblor que nos tomó por sorpresa en plena huida del departamento de mi ex novio Ulises y por el cual A. casi entra el estado de pánico (casi hubo que cachetearla para que reaccionara, je). Y peor aún, casi se lanza como una desquiciada por la ventana. Vivimos el drama de tener que sobrellevar un hermano bipolar que constantemente amenazaba a su madre y a ella de un día matarlas cortándoles la garganta, y por lo cual A. vivía siempre en un perpetuo estado de angustia (pobre A.). Y Vivimos nuestro primer y único beso. En uno de esos convivios ex profesos de la universidad y cuando yo aún era medio bicicleto y andaba saliendo con mi ex, Sandra, sucedió lo impensable. Ali llegó con una tipa X a la reunión, y A. con el corazoncito lacerado por aquél ultraje, decidió darse al alcohol. Ya borracha y casi desmayada, hubo que meterla al baño para vomitar. Adrián y yo la sujetábamos por los brazos mientras ella pendía aferrada a nosotros, vomitando, y en algún punto borroso de mi memoria ella comenzó a desnudarse. Conocí sus curvas extrañas y su piel morena; conocí la enredadera de su sexo obscuro y conocí la sierpe que era su lengua. El beso resultó fugaz, suavecito, húmedo e inesperado, pero ese beso vino a corroborar lo que yo desde hacía mucho tiempo sospechaba: jamás estaría enamorado de una mujer en mi vida; jamás de los jamases…

 

El primer hombre del cual los dos quedamos perdidamente enamorados se llamaba Ali. Con los audífonos del discman siempre conectados como venas de plástico a un CD de U2 y sus jeans deslavados, su melena negra y escurrida que olía a jabón de baño y sus sudaderas amplias, Ali paseaba desenfadado por los pasillos de la facultad o se tendía por un rato en el pasto a tomar el sol como lagartija, al final de día de clases. Siempre que yo pasaba por el jardín de enfrente de la cafetería y lo visualizaba ahí tendidito de espalda con las piernas estiradas, durmiendo tan profundamente, no podía evitar preguntarme cuál sería el olor de su sexo con esa piel de leche y la tersura de sus enormes labios rojos. Ali era feo. Tenía la nariz ancha y larga, y su rostro bien podría haber sido el de un árabe: peludo, mandíbula ancha, pelo largo hasta por debajo del lóbulo de la oreja y delgado. Pero tenía algo que ni yo ni A. habíamos sabido explicar y que nos atraía cada vez más.

Con el tiempo los tres, A., Ali y yo comenzamos a juntarnos más y más  a la hora del almuerzo en el patio de la facultad: Ali escuchando música en su discman (Pink Floyd, U2, Cranberries…); A. tendida como una pequeña foca sobre el pasto amarillento, acariciando el pelo sedoso de Ali entre sus dedos pequeños; y yo viendo de reojo a Ali, fumando, y de cuando en cuando observando tímidamente su entrepierna. Así pasábamos nuestros días en aquellos años.

El día de mi cumpleaños número 18, con mi sexo madurado y con unas ansias tremendas de conocer a tipos en los antros y poder entrar en cuanto lugar me había sido negado antes, nadie recordó ésa fecha. Sólo A. se aproximo de entre un grupo de personas y me abrazó. Y Alí, que sólo me dio una palmadita seca en la espalda y una hojita de papel doblado que decía: “Sapo verde eres tú, sapo verde eres túuuuuu…. Espero que algún día me dejes conocer tu Bloody Side.”

Mi sexto sentido no podía estar equivocado: el hombre aquél tendría que querer algo conmigo, o por lo menos traer algo entre manos.

El día en que A. cumplió su mayor fantasía, aquel día en que por fin pudo estar confiada y segura en los brazos de Ali., yo pude sentirlo.  Sentí los brazos largos de Alí recorriendo mi espalda como hierba fresca y su pelo suave cayendo sobre mi cara. Sentí sus caderas cuadradas y tibias, sus muslos apretados y su sexo rígido. Sentí sus labios rosas repasando en contorno de mi oído despacito y su pecho húmedo apretado contra mis pezones. Sentí lo que A. sentiría al explotar Ali dentro de ella, sentí el calor y el hambre de ese cuerpo, y sentí el orgasmo en comunión con ellos como en un trío. Sentí cuando A. se vino y rasguño entonces la espalda de Ali y cuando Alí soltó un pequeño gemido…   

De Ali jamás supe nada al salir de la facultad. Supe que lo casaron a la fuerza por embarazar a alguna compañera, y también supe que ya nunca sería el mismo. De A. sólo supe que se casó y tiene una hija preciosa.

Noche tras noche, recuerdo aquella nota que me dio Ali en mi cumpleaños y que aún conservo en una cajita, y no puedo evitar recordar aquél día, imaginarme entre sus brazos y sus cientos de caricias; recordar sus preciosas cejas árabes y su diskman. A veces desearía poder regresar 10 años en mis sueños y encontrar el Bloody Side de aquél árabe de Filosofía.

 

Rigatito Némesis, 2008.

 

 

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September 03

Menáge Me-trois...

 

 

 

 

  IV. Menáge Me-trois (menásh me-truáh)

 

 

Para Papisberto

 

 

 

 

Empezó como un juego, un simple jugueteo. Comenzó como todas las filias comienzan: a través de una simple experiencia. Primero, con cierto recelo, empecé a frecuentar más y más el último vagón que en ese entonces decía Paco era donde uno podía encontrar más variedad de “niñas” qué ligar. Apenas llegaba la noche del viernes, sacaba la ropa más fashion que podía del ropero y me trasformaba. Me ponía el blazer de terciopelo negro, los jeans deslavados, la camisa de rayas de gis, las botas negras picudas y el backpack de piel atravesado de hombro a hombro. Conforme iba atravesando el andén interminable y sentía las miradas pesadas de güeyes observándome fijamente desde el otro extremo, me sentía toda una diva realizada en camino a los oscares, jeje…, como en una pasarela, y erguía aún más el cuello. Apenas abrían las puertas del vagón, ya había alguna presa frente a mí dispuesta a ser devorada. Con la mano puesta sobre el  bulge apretado de los jeans, la pulserita de colores asomándose tímidamente bajo la manga de la camisa o la mirada cachonda apuntando con una precisión de radar militar desde el otro extremo, podía uno saber inmediatamente quién y qué intenciones tenía. Entre aquel mar de gente y las violentas sacudidas del metro, el frottage de los cuerpos resultaba más que inevitable. Poco a poco los cuerpos tibios se iban aproximando instintivamente de un extremo a otro del furgón. Hallándose excitado y totalmente atrapado e inmóvil, uno no podía hacer nada más que quedarse quietecito y dejarse toquetear, y rendirse a aquél enorme abrazo de pulpo de cientos y cientos de manos ajenas encima de uno. De pronto, tras un súbito enfrenón del vagón, una mano robusta ágilmente trepaba como un mono por detrás de la pierna y acariciaba mis nalgas, subiendo con gran destreza por la entrepierna y deslizándose hasta encontrar el bulto. Bragueta abajo… zippppp….!

 

Su nombre era A. Tenía un cuerpo no muy marcado, medio delgado y compacto, espalda ancha y tendría como 35 años. De clase baja. Cabello castaño y hermosos ojos marrones. Sólo una mirada fugaz y un toqueteo disimulado con su mano metida en mi bragueta fue lo que necesitamos para bajarnos en la siguiente estación. Me dijo que iba camino a su negocio y que vivía solo; que tenía tiempo de sobra para enseñarme algunas técnicas del Kamasutra; que buscaba sexo y que esa mañana yo le había “latido”. Yo le dije que iba camino a la universidad, que vivía con mis padres y que no tenía lugar para ponerle, que tenía prisa y que le daba mi número del celular por si es que algún día él deseaba llamarme; quizás la semana entrante. Él asintió, desdobló la palma de mi mano sobre la suya como una suave hoja de papel, y sacó un boligrafo del bolsillo de la camisa, escribiendo su número con letras rojas y torpes: 0445558… 89…  “Soy de Tepito; ¿no te molesta, cierto?...”  “No, en lo absoluto”, le respondí, sin dejar de mirar su entrepierna abultada.

Llegué a las 11:30 tal como lo habíamos acordado. Lo vi venir a lo lejos, caminando con un paso lento, pero seguro. Esta vez traía puesto un pants, una gorra y una playera con dibujitos. Subimos juntos al último vagón vacío del metro, y tan pronto pusimos un pie dentro, noté que de su entrepierna comenzaba a emerger algo amorfo… Sentí entonces una inmensa bola de pelos atorada en la garganta, y lo que después recuerdo haber hecho fue deslizar mi mano dentro de aquél pants rojo… Y después (no recuerdo cómo diablos) estar desnudo… y… y… y….

Lo último que recuerdo es haber sido tomado en volandas, pegado como una mosca a la puerta del último furgón del metro. Recuerdo haber visto una procesión interminable de luces neón y violeta pasando rápidamente frente a mis ojos como una serie de lucecitas navideñas, y oír entre susurros un tímido “te quiero”. Y la oscuridad infinita del túnel.

Jamás volví a saber nada más de mi tepiteño favorito que me dio el mejor menáge me-trois de mi vida. Jamás le dije a mi novio en turno que lo había engañado con un hombre desconocido en el vagón de un metro. Desde entonces, lo confieso, jamás he vuelto a ver el último furgón del metro de la misma forma que antes de que me contara Paco sobre aquél tipo de encuentros…

 

Ahora duermo metido en el mar que es mi cama con un hombre hermoso a mi lado y la laptop sobre las piernas, mientras escribo esto. (Él lo sabe). Ahora duermo cobijado por sus brazos conocidos y tibios, y por su pierna suavecita que me protege como un tercer brazo cada noche. Duermo tranquilo con el arrullo de su respiración entrecortada sobre mi nuca y confiado en que la soledad no volverá a inundar jamás mi cama de nuevo. Y que cuando esas brillantes luces púrpura y neón que veo en sueños desaparezcan al final del camino, sé que él estará ahí siempre para tomar mi mano y cuidarme, y no dejarme solo, nunca, nunca más.

 

Gracias papito. :)

Rigartito Némesis, 2008.

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url de la imagen: miguelflores.com.mx

 

 

September 02

La Casa de las Mariposas Negras.

 

III. La Casa de las Mariposas Negras…

 

 

 

 Frida kahlo escribió alguna vez: “hablar es combatir a la tristeza”. Hoy hablo no por tristeza o por enojo; hablo más bien como una forma de combatir al olvido. Combatir a ese olvido que con el paso del tiempo va haciendo mella en la memoria y va devorando lentamente uno a uno los recuerdos. Compartir los recuerdos con alguien antes de que se extingan de la mente, y también compartir esos traumas y deseos (como aquél en el que un día desperté sumergido en la ruina total, sin dinero, y a falta del mismo tuve que rematar gran parte de mi colección de libros preferidos a una librería de M. de Quevedo… L snif, snif….!).

 

A mi amiga Marlene la conocí un día de tantos cuando fui a una entrevista para trabajar en el call-center bilingüe de una aerolínea gringa. La recuerdo allí paradita en una esquina de la recepción, todita vestida de aeromoza con ese traje sastre azul marino que marcaba delicadamente su silueta y sus enormes glúteos, llenando una papeleta con su información personal. Recuerdo haberme aproximado hacia ella, haberle preguntado cualquier cosa, y bastó no más de cinco minutos entonces para volvernos almas gemelas. Cabe aclarar que ésa no fue la primera vez que yo la veía, pues ya antes habíamos coincidido al trabajar para AMX, pero fue hasta entonces que pudimos intercambiar una que otra palabra y darnos cuenta que estaba predestinado que algún día seríamos amigos. Descubrimos, entre otras cosas, que éramos del mismo signo zodiacal, Aries, y que nos gustaban los mismos tipos de hombres: “feo, fuerte y formal…”, decía mi mami (basta recordar al engendro para entenderlo, jeje). Descubrimos que padecíamos el mismo carácter irascible que de vez en cuando nos causaba grandes conflictos con los demás; que compartíamos el mismo gusto por las chácharas viejas y exóticas del bazar de antigüedades de la esquina que visitábamos de cuando en cuando en nuestra hora de comida. Y descubrimos, además, la afinidad por la comida china de un restaurantito del Centro; la enorme tendencia a crear siempre un halo de dramatismo entorno a nuestras vidas; y que la crema de limón con coco en el helado sabe más rica si le pones mermelada de blueberry encima.  En fin, éramos uno sólo deambulando codo con codo por las calles del Centro en aquél entonces. Tan parecidos éramos, que el día en que un estúpido hindú al otro lado del mundo me gritó en inglés por la bocina del teléfono reclamándome un cobro indebido, simplemente no dijimos nada: aventamos los auriculares a un lado, nos levantamos de nuestro asiento y nos enfilamos lentamente hacia la puerta de la oficina, barbilla arriba, abandonando para siempre ese horrible trabajo. Ésa tarde Marlene quería ir a un billar, quería conocer güeyes, ligar, y quizás beber una que otra cerveza, pero por alguna razón inexplicable terminamos perdidos entre la calles del centro. Yo quería ir al cine porno de la esquina de Venustiano, entrar a conocer güeyes en la clandestinidad que sólo la oscuridad ofrece, y ponerle… y ponerle…, y seguirle poniendo…

Con el tiempo, M. y yo nos distanciamos más y más. Ella, eterna ariana voluble, cambió de trabajo una y otra vez. Y yo hice lo propio, pero por mi lado: me mudé de casa, de amigos, de vida, de novio y me quedé a vivir en T. Y entonces el único lazo que nos quedó fue el librito de doscientas páginas empastado en color verde que alguna vez escribí para el engendro en nuestro aniversario: “La Casa de las Mariposas Negras”.

Cuando pensaba que jamás volvería a ver mi libro, después de más de dos años de ausencia, un día apareció de repente en la puerta de mi casa. Venía envuelto en papel periódico y un poco maltratado, con las hojas sucias de dedos y un poco húmedo por la sal del mar. Cuenta Marlene que aquél libro pequeñito cayó en las aguas azules del caribe y que casi se pierde en la inmensidad del océano; que alguna vez ese ejemplar insignificante casi se vio perdido, pues fue raptado por el novio celoso de una amiga y no fue hasta que se pagó el rescate que retornó por fin a sus brazos. Cuenta también M. que ese libro huyó alguna vez del fuego en el incendio del apartamento de Cancún, y que pasó después por muchas, muchas otras manos que lo leyeron. Asimismo, cuenta el engendro que también su libro viajó con él por toda Europa, acompañándolo en su travesía y que se quedó a vivir con él un año entero en Barcelona (cosa que yo jamás pude lograr), y que nunca lo dejó solo cuando por fin llegó a Canadá, para después brincar a Colombia.

Algún día ese libro visitará otros lugares, otra gente, otras manos, otros cuerpos y podrá contarme otras historias al oído.

 

Rigatito Némesis. 2008.

 

 

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August 20

Comienzos, más comienzos...

 
 

II. Diario de una Ninfómana (parte I)

 

 

De entre los muchos recuerdos que tengo sobre mi amiga Evelyn, uno que constantemente vuelve a mi memoria es aquél sobre un libro llamado “Diario de una Ninfómana”, que, indudablemente, fue otro gran parteaguas en mi vida. Por otro lado, en una versión “distinta”, más que remasterizada de dicho recuerdo, Evelyn aparece completamente excitaba con el mismo libro, asfixiándolo entre sus pequeñas manos e imaginándose por unos momentos siendo la victima de un flavio ensalivado que le ofrece un hombre gordo, parado a lado de ella, en el andén del metro Guerrero (la mujer se sentía igual de bitch que la tal Vanesa en aquellos tiempos, je… Y yo también, lo confieso…jojo). En algún momento surrealista de nuestra amistad (no recuerdo cuándo, quizás cuando trabajé para AMX, y antes de mudarme a T.), decidí desprenderme por fin de mi segunda “Biblia” de mano que hasta esos momentos venía dictando mi existencia, y decidí dársela no sé por qué rayos a Evelyn. Encontré ese libro en “El Rebusque”, una librería muy barata ubicada sobre el Eje central donde los encargados solían amontonar los libros sobre una gran montaña de papel, y había que echarse de vez en cuando un clavado a esa fosa de páginas y películas VHS para encontrar algo bueno. Eso sucedió un día de tantos en que la mente no me daba para pensar en opciones sobre qué hacer un domingo caluroso, y en aquellos días en que prefería mucho más chichifear en busca de turistas por el centro, que regresar temprano a casa.

 Recuerdo que la librería estaba como a dos calles del cine Teresa, y ese día se estrenaba alguna película barata en la marquesina art-Decó del cine, y súper porno (buga, creo). Y también recuerdo haber pagado como treinta pesos por una experiencia de lo más engorrosa que me había pasado hasta entonces. No diré nada de la función, puesto que no hay mucho qué contar, pero diré que además de haber entrado ese día al cine con un miedo tan pesado como un yunque cargado a hombros, con miedo de no saber qué o a quién encontraría ahí dentro (pues se cuenta tanta y tanta bizarrés sobre aquellas salas… :S), al final salí sin mi cartera, sin mi celular y con las suelas de los zapatos cubiertas de algo pegajoso que prefiero no recordar… yuck! Obviamente, mi experiencia fue de lo más digerible que puedo recordar, pues al menos no perdí los calzones Calvin Klein nuevecitos de quinientos pesos en el cuarto oscuro de un club de encuentro gay como el engendro, y por los cuales la mujer ésa casi llora…. (¡me cago de la risa…!) jejejejejejejeje…. LOL.

 

Ese libro era mi hit. Era como leer la historia de Evelyn y la mía juntas, vertidas sobre el papel; convertidas en una novela. Debo confesar que aquí en T. el espacio es lento y es como si el tiempo se hubiera detenido de repente y mi historia hubiese sido borrada de algún anaquel de la memoria, pues siempre hay alguien que muy entusiasta cuenta su historia como si hubiera sido lo más grandioso de la vida; y la mía, simplemente, la ignoran. Yo En T. soy un fantasma sin pasado ni memoria; soy alguien totalmente diferente. Pero en algún punto de mi historia, fui la más golfa de las golfas y la más perra de las perras… Fui cualquier cosa que pueda superar a mis amigos de T. y sus historias, y las historias de sus historias: me convertí en la ninfómana francesita, Vanessa, jugando a romper corazones, a chingarle el alma a los gueyes patéticos que me ligaba y a tener sexo sólo por dinero. A chingar por chingar a quien fuera. De ahí en adelante, el sexo sería mi “profugus fatus”; me perseguiría como un cuervo negro volando tras mis ojos por toda mi adolescencia…

 

La última memoria que guardo sobre un guagüis de cortesía a un turista, es aquella que precisamente sucedió el día en que compré el libro. Después de chacharear por un rato en el centro, me lancé a vagar afuera de Bellas Artes, y después de media hora de no hacer nada mas que flirtear con tipos en el jardincito, un gringo se acercó a mí. Traía jeans ajustados, pelo rubio y una sonrisa de pervertido que no podía con ella, pero que me gustó mucho más cuando el tipo se acercó a mí y me tendió la mano para acercarse lentamente a mi oído, y murmurar: “I like you… Wanna fuck?”. Un latigazo de luz recorrió mi espalda en ese momento y subió por mi entrepierna para brindarme la fuerza necesaria, y entonces responder: “Yep. Do u have a place?”.

Desperté a la mañana siguiente en el cuarto de un hotel en penumbras y completamente desnudo. El cuarto olía a sexo y todo en mi cuerpo olía a resaca. Al voltear y buscarlo a mi lado, noté que el gringo ya se había ido y en su lugar habían dos billetes de doscientos pesos bien dobladitos. Junto a mi almohada, había un condón usado sobre el buró y un post-it amarillo, que decía: “Hope to see you again, my friend J”.

Ésa fue la primera vez que no cobré por sexo, y también fue la primera vez en que disfruté que alguien pudiera hacerme el amor de tal manera, o por lo menos “sentirme” amado por una noche. Dos años después, el destino me llevaría a conocer al engendro en un cóctel erótico en una fonda que había por atrás de la Catedral del centro y darme cuenta, seis años más tarde, que el amor no era como yo imaginaba, sino una completa pesadilla a lado del hombre ése, y volver a sufrir de soledad. "E." habría de romperme el corazón sin siquiera yo darme cuenta, aún más que cuando cogió a un tipo desconocido frente a mis narices y sin mi permiso en un campamento de Cuernavaca; y aún más, pero más, cuando se fue a vivir a Barcelona dejándome solo a mi suerte para terminar poniéndome el cuerno con un español anciano…  ¡¡¡coño!!!

Aprendí dos cosas del Diario de Vanesa: 1) no importa qué tan bien se porte la gente con uno, jamás de los jamases dejes de ser una perra; y 2) el amor es muy difícil de encontrar en estos tiempos, pero si logras encontrarlo, más vale dejar de ser la perra que eras...

(la fracesita es mía, claro está...)

 

 

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Rigatito Némesis.

 

 
July 18

Cambios... y más cambios...

 
 
 I. Nación Prózac
 
 

 

Hace ya algún tiempo encontré en una librería de por el centro (DF) un libro llamado “Nación Prózac” que, según recuerdo, me gustaba mucho, y que a decir de muchos amigos los cuales después me lo pidieron varias veces prestado, y mucho, mucho, pero mucho después de que el último de ellos jamás me lo devolviera (Grrrr…! J.J, ¡ya devuelve el pinche libro…, no mames!), era una excelente novela. Según recuerdo (y digo “según recuerdo”, porque está cañón acordarme de la sinopsis exacta a éstas alturas, casi 10 años después… :S), era un libro que más que darme una cátedra sobre el mundo de los estupefacientes (cocaína, heroína, LSD… y la lista continúa), retrataba fidedignamente el mundo atormentado de una mujer que, surmergida hasta las narices en las drogas (eso sí, “literalmente”, jeje…), se perdía en una especie de universo abstracto donde sólo ella era la protagonista y la narradora omnipresente (Elizabeth W. se llamaba, creo) de dicho autorretrato. En fin, no quiero hacer el cuento largo y sólo digamos que de lo que el libro trata es de una tipa esquizofrénica-hipocondríaca-maníaco-depresiva cuyo mundo giraba, además de la cocaína y el sexo, alrededor del amor. Tenía esposo, si no mal recuerdo y si la memoria no me falla, pero la tipa ésta era una slut a la cual le valía madre todo su entorno, e incluso creo había gastado la mayor parte de su tiempo brincando como una pulga cocainómana de uno a otro trabajo, y de una a otra relación amorosa, echando por el excusado la poca familia que tenía, sus amigos, su vida. Yo adoraba a la mujer ésta, jeje, pero más que por lo freaky de su historia (y por lo bitch), la admiraba por su visión única de lo que, según ella,  es el amor, y por haberme dado una de las mejores máximas que me marcaron de por vida respecto a dicho tema. ¡Qué tipa tan original, oh, sí…! Y mira que habérsele ocurrido hablar de la “naturaleza evasiva del amor” no ha cualquiera se le prende el foco y escribe sobre ello. En algún capítulo perdido de mi memoria, Elizabeth describe esa adicción del uno por el otro, como aquella que le profesa a su amado Rafe en Nación Prózac, y por cuyo amor desesperada y depresivamente, escribe:

 

“Lloro por la naturaleza elusiva del amor, la imposibilidad de tener a alguien siempre y por entero que sea capaz de colmar ese hueco abierto en mí que se ha llenado ahora de pura depresión. Entiendo por qué a veces se desea matar a un amante, comerse a un amante, aspirar las cenizas de un amante muerto. Entiendo que ésa es la única manera de poseer a otra persona con ese ansia desesperado que tengo por tener a Rafe dentro de mí…”

 

Y yo por supuesto, que en aquellos años apenas empezaba a meterme polvitos blancos por las narices y a lamer el filito de los billetes de cien pesos enrollados en delgados popotitos; y que en ese tiempo tenía por un lado a Ulises de amante de planta (7 años mayor que yo; yo tenía 17), y por el otro a mi novia psicópata, Sandra, con la cual apenas empezaba a tener una relación enfermiza, me identificaba muchísimo con ella. Nación Prózac vino a ser un parteaguas en mi existencia; era mi Biblia, y hasta cierto punto yo anhelaba vivir una vida de desenfreno total como la de Ely en el libro, de perderme en un mundo de alcohol y de sexo, y también de destruirme a mí mismo. En fin, de ser libre…

Por aquellos años mi vida había sido muy aburrida, y apenas tenía poco de haber pasado de ser un niño bien portado y bien rechoncho, a un guey inestable, anoréxico-bulímico (56kgm…, 55kgm pesaba…?), atractivo y sumamente depresivo que igual se ligaba a tipos comunes y más que corrientes los viernes en la estación observatorio del metro, o igual se lanzaba a cazar gueyes a los antros de zona rosa, o bien se trepaba sin ningún problema a los autos de tipos desconocidos que se orillaban y le abrían la puerta sobre Reforma (sólo lo hice como dos veces, I swear!). No digo que tendría poco de haberme desclosetado, jejejejeje, pues eso ya ni lo recuerdo bien ni en qué momento lo hice, pero sé que fue hace taaanto tiempo… Y pues bueno, el punto es que en aquellos años me sentía el protagonista de una película en constante retrospectiva. Recuerdo haber releído y releído y aprenderme de memoria esa fracesita y haberla aplicado en más de una relación, lo cual en no muy contadas ocasiones me trajo desenlaces muy melodramáticos, como aquella ocasión en que le confesé al Engendro que había dejado de amarlo hacía mucho tiempo y en mi enojo abrí la puerta del carro y me aventé sobre la banqueta con el auto aún en marcha. (jajajajajajaja…) Uyyy, aún recuerdo ésa, je, pero bueno, no pasó de algunos rasguños menores, una que otra palabrota, dejarnos de hablar una semana y uno que otro corazón roto.

Todo esto viene a colación de que hoy estoy muuy, pero muyyyy de malas. Quizás escribo porque siento que es la mejor forma de liberar la rabia adherida a mi alma antes que lanzársela a P. como una araña ponsozoña a la cara. Quizás escribo por no querer sentirme más solo o quizás sólo escribo por aburrimiento. Ya no quiero lastimarlo, pero es cierto que las cosas en casa no han estado muy bien últimamente. Y de repente el recordar esa frase de Nación Prózac me hace darme cuenta de la verdad evasiva del amor y de que en verdad lo quiero, sí, claro, aunque constantemente surge en mí la siguiente incógnita: ¿hasta qué punto el podrá amarme…? (:S). ¿Me querrá tanto como yo lo amo, acaso? No sé; a estas alturas, casi dos años después, ya resulta peligroso saberlo, je. Lo único de lo que por ahora estoy completamente seguro, es que mañana será un nuevo día para poder quitarme el óxido de los dedos después de haber abandonado el vicio de escribir durante tanto tiempo. Hoy, 18 de julio de 2008, vuelvo a retomar este viejo hábito después de meses de ausencia porque puedo, porque quiero, porque necesito gritar ciertas cosas que siento como pesadas enredaderas trepándoseme al cuello, y  que me asfixian más y más a cada momento…  ¿Qué siente P. por mí en estos momentos? Tengo miedo de no saberlo. :S

 

 

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Rigatito Némesis.

 

Rigatito Némesis

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...Agorafóbico, aracnofóbico; perpetuo enamorado del amor ("Soy la mariposa que constántemente va al fuego en busca del amor..."); atormentado; un poco loco, maníaco-depresivo; el mejor amigo que podrías tener (si me llegas a conocer, o tu némesis; soñador, escritor y poeta. En reencarnaciones pasadas fui un gato, y mi apellido pudo haber sido "Sada".
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Estos son algunos de los filmes que han marcado, de una u otra forma, mi vida... (se los recomiendo ampliamente).